Las Vanguardias ( AMPLIACIÓN )
, LAS
VANGUARDIAS
INTRODUCCIÓN
Europa
en la posguerra
La
Primera Guerra Mundial había estallado en un clima de triunfalismo y
patriotismo en la mayoría de Europa que convirtió las voces
opuestas al conflicto en un testimonio marginal. Pero pronto esa
euforia quedó sepultada por los acontecimientos. Los millones de
muertos, el agotamiento económico de los estados y los padecimientos
de la población por la escasez de alimentos y los bombardeos
desmoralizaron a la población civil, que empezó a culpar a los
políticos por su inoperancia para evitar la tragedia. Tras la
guerra, los vencedores se ensañaron con los vencidos a través de
las condiciones extremadamente duras de los tratados de paz. Europa
afrontaba su pesadilla: familias destruidas, economías incapaces de
recuperarse y excombatientes que engrosaban las listas del paro junto
con los mutilados y heridos de guerra. La consecuencia fue que creció
la desconfianza hacia las democracias, así como hacia el sistema
capitalista, lo que favoreció la radicalización de la sociedad en
torno a dos nuevas ideologías: el comunismo, que se extendió como
un virus desde Rusia; y el fascismo, que se alimentó del descontento
y la ignorancia de la población y del miedo a la revolución para
incrementar su apoyo social.
España
proclamó su neutralidad en la Gran Guerra, pero no se mantuvo al
margen de las convulsiones vividas durante esos años. La guerra en
Marruecos, la conflictividad social y el colapso económico
incrementaron el descrédito de la Restauración y a alimentar las
voces que defendían una solución autoritaria, que finalmente llegó
en 1923 con el golpe de Estado de Primo de Rivera.
Aparición
y dimensión social
En
los primeros años del siglo XX se aprecia una creciente
inestabilidad en el panorama cultural y artístico europeo, en
relación con los acontecimientos políticos, lo que dará lugar a la
sucesión rápida y atropellada de numerosos movimientos estéticos,
conocidos como movimientos de vanguardia o ismos, todos ellos
caracterizados por sus actitudes renovadoras, iconoclastas y casi
violentas contra la cultura y el arte burgués de la época.
Son
la expresión artística de un momento de crisis que se extiende por
todo el siglo, con momentos culminantes en las dos guerras mundiales,
y que supone la quiebra de los principios del orden social y político
tradicional, y, por consiguiente, las ideas estéticas dominantes,
arrolladas por un afán de experimentación y novedad. El periodo de
entreguerras fue el de mayor auge de las literaturas de vanguardia
(término procedente de la jerga militar). Los ismos que surgieron en
estos años fueron abundantes, aunque fugaces, con la excepción del
surrealismo. Se trata de movimientos variados e inestables, en los
que los presupuestos teóricos o las proclamas incendiarias tienen a
veces más relevancia que las propias creaciones estéticas, muchas
veces frustradas. Pero cada uno de esos ismos sacude los cimientos de
la cultura establecida y supone un caldo de cultivo para la
consolidación posterior de otras corrientes más importantes.
Los
vanguardistas intentaron realizar una revolución en todos los
ámbitos de la sociedad y no solo en el artístico. Su ferviente
rechazo al arte contemporáneo implicaba un desprecio por la sociedad
que lo había acogido y fomentado. Este es el motivo por el que
algunos vanguardistas, fieles a esta revolución social, militaron en
partidos políticos, aunque con poco éxito debido a su carácter
radical.
Características
comunes
Las
vanguardias, pese a su diversidad, comparten una serie de rasgos
comunes que se basan en su rebeldía contra las propuestas anteriores
y en la experimentación.
Uno
de estos rasgos es la fascinación por la modernidad, por el
dinamismo de los avances tecnológicos y de la industrialización. La
ciudad moderna y cosmopolita con sus rascacielos, las nuevas formas
de comunicación (teléfono), las nuevas máquinas e inventos
(automóviles, aviones, luz eléctrica...), los nuevos deportes...
todo contribuirá a instaurar nuevos modelos de inspiración
artística.
Todos
los movimientos comparten también el irracionalismo, que se debe
entender como un intento de expresión de las facetas más profundas
y recónditas de la mente humana; y el rechazo a las normas,
convencionalismos y principios de la creación estética: todo vale
en el arte. Esto está en relación con el carácter provocador de
las vanguardias, que trata de llamar la atención sobre ese nuevo
arte.
Todos
parten del rechazo frontal de las manifestaciones artísticas
anteriores, especialmente de la literatura burguesa de raíces
decimonónicas, tanto de inspiración realista como subjetivista. La
creatividad y la originalidad se sitúan por encima de todo. Hay un
evidente interés por la experimentación, por la búsqueda de
temáticas sorprendentes y de nuevas y llamativas formas de
expresión.
Por
último, también cabe señalar la intención puramente lúdica de
muchos de estos movimientos. Los vanguardistas evitan el sentido
trascendental; para ellos el arte no debe ser patético ni emotivo en
exceso, no debe impregnarse de emociones humanas, debe ser algo
autosuficiente. Esta idea entronca con el movimiento novecentista,
como también la concepción minoritaria del arte, negado a los
gustos burgueses y orientado a las minorías.
Las
vanguardias europeas
Uno
de los primeros ismos culturales europeos es el futurismo, que tiene
su origen en el Manifiesto futurista (1909) del italiano Marinetti.
En él se rechaza el pasado y el sentimentalismo, se expresa
admiración por las máquinas modernas, y se exalta el nacionalismo y
la violencia, bajo la idea de destrucción radical de todo lo que se
considera ajeno a la ideología propuesta, rasgo que constituye un
precedente de la ideología fascista posterior. Se pretende conseguir
una nueva expresividad mediante la destrucción de la sintaxis, la
omisión de signos de puntuación, la eliminación de las imágenes
convencionalistas... lo que desembocará en las palabras unidas al
azar sin tener en cuenta la lógica.
El
dadaísmo (1916) surge en Suiza de la mano del rumano Tristán Tzara,
quien cuestionó de forma radical los valores tradicionales
establecidos, atacando los principios de la razón. Dadá es un
sonido sin significado, que simboliza la negación absoluta, la
anarquía y la destrucción. Este movimiento se caracteriza por su
constante burla y desprecio sobre el arte tradicional, y por la
creación de un método nihilista que dificultara la creación
artística y literaria. El Dadaísmo renunciaba al significado,
buscando espontaneidad e improvisación.
El
cubismo fue la aplicación de técnicas pictóricas en la literatura.
Esto. se traduce en textos que se asemejan al “collage”
pictórico: se rompe el hilo del discurso, se mezclan fragmentos de
escritos de distinta naturaleza, se juega con el tipo de letra con la
disposición tipográfica de los versos... Las composiciones más
innovadoras fueron los caligramas de Apollinaire, en los que la
distribución del texto formaba un dibujo ligado con este.
El
expresionismo, de origen alemán, no rompió totalmente con la
tradición anterior, ya que es una suerte de exageración del enfoque
de la literatura realista. Para los expresionistas, la realidad
interior es más importante que la exterior, y el mundo siempre debe
ser expresado tal y como lo percibe el artista en su subjetividad, y
no tal y como es en realidad. Ello da lugar a la interpretación del
mundo por parte del artista, que condicionado por sus angustias,
frustraciones y estado de agitación interior, ofrece una visión
deformada de la realidad. Abunda la hipérbole y la deformación
grotesca, la reproducción de lo feo, lo sucio o lo absurdo que
existe en la realidad, casi siempre en tono sombrío y pesimista. Los
temas más comunes del expresionismo son la guerra, el miedo, la
pérdida de la identidad individual, la locura y el delirio; aunque
también abundan la naturaleza y el amor.
Pero
quizá el movimiento que más repercusión y vigencia tuvo fue el
surrealismo, que surge como evolución lógica de los anteriores
ismos hacia 1924, fecha de la publicación del primer manifiesto
surrealista de André Bretón. Este autor francés define el
surrealismo como “automatismo psíquico puro mediante el cual se
pretende expresar, sea verbalmente, por escrito o de otra manera, el
funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento con
ausencia de toda vigilancia ejercida por la razón, fuera de toda
preocupación estética o moral.”
Ese
irracionalismo, rasgo heredado del dadaísmo (aunque no en forma tan
nihilista) es el rasgo que más influencia ha tenido en el arte
posterior, tanto en literatura (Lorca, Cernuda, etc. en España,
Bretón y Louis Aragon en Francia, etc.) como en pintura (Dalí,
Picasso) e incluso en la fotografía (Man Ray) y el cine (Buñuel).
El interés por el subconsciente, los sueños, y los mecanismos y
procesos mentales no sometidos a la razón lógica, (todo ello
relacionado con el psicoanálisis de Sigmund Freud), supuso una
ampliación de los límites de la imaginación y un notable
enriquecimiento del lenguaje literario.
Los
surrealistas, en su búsqueda del lenguaje en libertad, utilizaron
varias técnicas de trabajo. Una es la escritura automática. Según
Bretón el poeta debe escribir sin premeditación después de
conseguir un estado de oscurecimiento mental parecido al de los
momentos previos al sueño o al de la hipnosis. Las palabras se deben
relacionar por azar, sin tener detrás una voluntad de construir
nada, liberando al subconsciente. Otra técnica se denomina cadáveres
exquisitos, y se trata de juntar frases, palabras o imágenes de
diferentes personas de forma consecutiva, sin saber qué han escrito
los anteriores.
Las
vanguardias hispánicas
Las
resonancias de los movimientos europeos de vanguardia llegaron a
España de manera dispersa, durante la segunda década del siglo,
sobre todo a través de la labor divulgadora de Ramón Gómez de la
Serna, quien desde revistas y tertulias actuó de embajador de las
nuevas ideas estéticas. Conviene señalar algunos rasgos propios de
la vanguardia española que la diferencian de la europea. Uno de
ellos es la actitud menos radical y doctrinaria de los movimientos
españoles, lo cual repercutió positivamente en la calidad de las
producciones hispánicas. También se aprecia la influencia
selectiva de las vanguardias, pues los españoles supieron escoger
bien lo realmente valioso que aportaban las vanguardias en cuanto a
renovación de la literatura. Por último, los españoles no
renegaron del pasado ni de sus manifestaciones artísticas, sino que
conciliaron la innovación propia de la vanguardia con la tradición
anterior. Las corrientes europeas sufrirán una reelaboración
hispánica y serán conocidas aquí con otros nombres.
El
creacionismo procede del chileno Vicente Huidobro, cuyas ideas,
maduradas en París, serán bien acogidas por los poetas jóvenes
como Juan Larrea o Gerardo Diego. Su obra (Altazor, o el viaje en
paracaídas) alcanza una gran calidad literaria, a diferencia de la
de muchos poetas vanguardistas. Este movimiento eminentemente lírico,
basado en el rechazo a la imitación de la realidad, aboga por la
creación de la realidad así como hace la naturaleza con un árbol.
Es decir, pretende la creación de un mundo propio que se comprenda
dentro de sí mismo y no por su relación con el mundo exterior. El
poeta creacionista pasa de mero imitador de la realidad a creador,
tal como si fuera Dios. El mundo nuevo creado solo existe en su mente
y no es comparable a nada. El poeta inventa nuevas y atrevidas
imágenes, metáforas, palabras y relaciones que no guardan conexión
alguna con la literatura conocida hasta el momento, se rompe la
lógica de la gramática y de la ortografía convencionales, los
versos se distribuyen caprichosamente...
Pero
el movimiento hispánico por excelencia es el ultraísmo, aunque tuvo
una existencia fugaz (de 1918, cuando se publica el manifiesto, a
1922, año en que desaparece Ultra, la revista que fue el máximo
órgano de expresión). Se trata de un movimiento ecléctico en el
que solo lo nuevo hallará acogida y cabrán todas las tendencias sin
distinción. Recoge influencias del dadaísmo y sobre todo del
futurismo, del que toma el gusto por la vida urbana, por los
vehículos como expresión de la velocidad, y, en general, por toda
clase de inventos como reflejo de modernidad. En el asfalto, la luz
eléctrica, el cine, el deporte, la pintura o la música se encarna
ese deseo de un arte dinámico y optimista, que se libera de normas y
se entrega a las imágenes irracionales. Es un arte efímero, que no
busca perdurar ni cambiar la realidad, sino sorprender e innovar. Los
sentimientos y sus conflictos están ausentes o son tratados
frívolamente y de forma secundaria. Poetas ultraístas serán
Guillermo de Torre y Pedro Garfias, además de Cansinos Assens y de
Gerardo Diego.
RAMÓN
GÓMEZ DE LA SERNA
Nació
en Madrid en 1888 y se licenció en derecho, pero nunca ejerció. Sus
aficiones literarias se manifestaron pronto en la revista Prometeo.
De 1915 a 1936 mantuvo la tertulia literaria del café Pombo, desde
donde difundía las nuevas tendencias europeas. En vísperas de la
guerra se marchó a Buenos Aires, donde murió en 1963.
Su
ingente obra rompe con las convenciones gracias a su absoluta
originalidad, en una forma de entender y crear literatura como un
fenómeno que trasciende los propios géneros. Se caracteriza por la
visión fragmentaria que escoge rasgos de la realidad y los unifica,
de manera que este conjunto de rasgos se convierte en otro objeto o
concepto gracias a su particular visión.
A
través de la cosificación y de la humanización, ofrece un enfoque
subjetivo de las cosas que nos rodean, a las que atribuye rasgos
humanos; o bien “cosifica” (aplica rasgos propios de objetos) a
las personas. Mediante asociaciones insólitas relaciona la realidad
con su propio mundo, y devuelve al lector otra realidad diferente
vista desde su prisma personal. El humor resulta una consecuencia del
espíritu lúdico que invade su obra, ya que identifica arte con
juego.
Cultivó
muchos géneros: novelas, ensayos, biografías, teatro (en el que
tuvo poco éxito), etc. Pero lo más destacable y meritorio de Gómez
de la Serna es la introducción de las vanguardias europeas en España
y la invención de un género literario propio: la greguería.
La
greguería es una sentencia ingeniosa y breve en la que el autor
reinterpreta la realidad cotidiana de una forma subjetiva y
humorística. Él mismo las definió como “metáfora + humor”.
Busca la sorpresa, la complicidad, la sonrisa y a veces también la
reflexión del lector utilizando muy diversas técnicas literarias,
como la asociación visual de dos imágenes: “La luna es el ojo de
buey del barco de la noche”; la contraposición paradójica “El
fotógrafo nos coloca en la postura más difícil con la pretensión
de que salgamos más naturales”; la inversión de una relación
lógica: “El polvo está lleno de viejos y olvidados estornudos”,
la asociación libre de conceptos “El par de huevos que nos comemos
parece que son gemelos, y no son ni primos terceros”, o las
tautologías “Lo más importante en la vida es no haber muerto”.
Utiliza, para asociar ideas hasta ahora inconcebibles, recursos
clásicos como la metáfora, la hipérbole o el símil, y muy
especialmente la paronomasia con un fin humorístico: “Un tumulto
es un bulto que le suele salir a las multitudes”
En
cuanto a sus novelas, refleja en ellas su carácter crítico y
sarcástico, en obras como El chalet de las rosas o El torero
Caracho. Destacables son también sus novelas eróticas, Senos o La
viuda blanca y negra, en algunas de las cuales aparecen como
escenario ciudades europeas que había conocido en sus viajes.
Sus
ensayos se centran en el ambiente madrileño, describiendo los rasgos
característicos de la sociedad y cultura de la capital y
preocupándose por crear un ambiente cosmopolita y moderno. Destacan
obras como El Rastro, El prado, Toda la historia de la calle de
Alcalá, sobre Madrid y su ambiente; Pombo, sobre sus tertulias en el
café homónimo, o La sagrada cripta del Pombo, en el que retrata
otros cafés madrileños y parisinos. También merece la pena
mencionar sus Ismos, en los que recoge las nuevas ideas del arte de
vanguardia, o las biografías dedicadas a personalidades de las
letras y las artes, como Oscar Wilde, o Valle Inclán.
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